miércoles, 18 de febrero de 2015

Vivir sin prisas


Hay días que, cuando estoy junto a mi marido, nos miramos mientras los peques pasan delante nuestro, los vemos jugar o incluso pelearse y nos decimos " madre mía, qué grandes están ya. Si hace nada eran unos bebés chiquitines". Y luego, ya en la cama, recordamos anécdotas que han sucedido durante el día o pequeñas tonterías que nos han hecho gracia.
Para él, esta etapa en la cual son pequeños, a veces le resulta durilla porque disponemos poco tiempo para nosotros ya que debemos combinar horarios laborales para estar en casa alguno de los dos, son noches sin dormir por el pequeño y andar con mil ojos. Y es entonces cuando dice " a ver si crecen y podemos respirar un poquito"
Y yo, siempre acabo diciendo lo mismo, casi como una coletilla:
" no tengas tanta prisa. Esto no volverá nunca más".
Yo no volveré a sentir qué es el hipo en mi barriguita, ni las patadas ni que alguien tenga tantas ganas de conocer la vida que casi te parta en dos.
Ni que se calmen con oir tu voz. Cuántas personas, sin conocerte, saben que se puede hundir el mundo y que tú vas a construirlo de nuevo para ellos.
Tampoco volveré a pasear a mis hijos acurrucados en mi pecho ni a dormirlos sobre él porque llegará un día que físicamente sea imposible.
Ni querrán que les coja la manita para pasear o llevarme donde quieran. Llegará un momento que incluso desearán que te alejes de ellos para marcar su independencia delante de sus amigos.
Ni nos preguntarán por qué nos sigue siempre la luna o por qué el cielo un día está azul y otro tiene nubes rosas. Dejaremos de ser esos súper héroes que siempre tienen respuestas para todo.
Tampoco te llamarán en medio de la noche para que entres a su cuarto a matar monstruos ni te mirarán admirados cuando les expliques un cuento con cerditos que construyen casas de pajas o ranas que viajan a lomos de una oveja.
Nunca más volverán a correr hacia tí cuando llegues de trabajar o salgan del colegio como si se acabara el mundo. Vendrán, pero el mundo ya estará girando para ellos y no se detendrá cuando te vean.
No esperán nerviosos a que tres reyes entren por la ventana, ni abrirán puertas diminutas esperando que los visite el Sr. Pérez.
Ni tampoco estarán enamorados de tí como auténticos quinceañeros . Te querrán, pero volverán a enamorarse de la persona que elijan para acompañarles. Y no serás tú.
Hace tiempo que decidí que hay que tener prisa para algunas cosas. Para verlos crecer no.
Ojalá llegue el día que la mente me permita seguir recordando que fueron chiquitines. Supongo que ese el mejor regalo que puedes tener cuando la vida se te va, saber que la viviste.




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